UN CORAZÓN PARA DIOS

De muchos modos y maneras abrió Dios su corazón a los hombres desde antiguo; ahora, en la etapa final, se nos ha dado plenamente en la carne de su Hijo. Quien es Amor por naturaleza, no ha querido privarse de tener un corazón con el que decirnos, al modo que los hombres entendemos, que somos profundamente amados por el que nos pensó y decidió nuestra felicidad, desde toda la eternidad.

Un niño nos ha nacido, con corazón humano Dios se nos ha dado. Enmudecida, en el silencio de la noche, desde un pesebre de animales, la Palabra por la que todo vino a la existencia nos llama a aprender de su profunda humildad, de su inefable anonadamiento, de la mansedumbre de su infante corazón.

Como hace casi un siglo lo hiciera el rey de España, en nombre de todo nuestro pueblo, proclamemos que este Niño es maravilloso y fuerte, y decidámonos a dejarle reinar —con las palabras de Alfonso XIII, aquel 30 de mayo de 1919— “en el seno de nuestros hogares, en la inteligencia de los sabios, y en las aulas de las ciencias y las letras», pidámosle que su gobierno penetre “nuestras leyes e instituciones patrias”, para que quien es, a la vez, Dios guerrero y príncipe de la Paz, se digne poner nuestras vidas, y el futuro de nuestra nación, a la sombra de su bandera.

Diciendo sí al designio divino, la Virgen gestó en sus entrañas un corazón para Dios. Quiera su bendito fruto regalarnos que, también el nuestro, viva siempre latiendo para su gloria.

¡¡FELIZ NAVIDAD!!

JÚBILO EN EL CORAZÓN

“El nombre de Jesús es melodía en el oído, miel en los labios, y júbilo en el corazón” — decía san Bernardo. Son palabras de un enamorado. Porque nuestro Dios no sólo es Amor, sino que es amable y enamora. Nuestro Dios late con corazón de hombre, desde hace dos mil años. Y seduce a quien se deja mirar por sus ojos llenos de misericordia.

Ante la proximidad de la Navidad, y al comienzo de un nuevo ciclo litúrgico, que nos permitirá revivir en nosotros los misterios del Corazón de Cristo, el Adviento nos hace desear y nos enseña a pedir que quien vino con corazón humano, en la humildad de nuestra carne, vuelva
repleto de gloria a consumar su obra de amor. Pues la resurrección no quitó a Cristo su corazón, sino que lo dilató hasta glorificar su forma humana de amar.

Desde el primer domingo del Adviento de este año, y hasta el 24 de Noviembre del año próximo, solemnidad de Cristo Rey, nuestra joven diócesis de Getafe va a disfrutar de un año jubilar, concedido por el Santo Padre con motivo del centenario de la consagración que Alfonso XIII hizo de España al Sagrado Corazón, en el centro de la península. Aquel acto, —de consecuencias, por entonces, impredecibles—, tuvo lugar el 30 de Mayo de 1919 en el Cerro de los Ángeles. No mucho tiempo después, el júbilo de aquella fiesta conduciría a la Iglesia española a una dolorosa purificación martirial que llevó al cielo (y en estos últimos años, a los altares) a numerosos mártires que, enamorados, gritaban —también con júbilo— el nombre de Cristo,
dando la vida por sus propios perseguidores.

Saber que el Señor está cerca, y que viene pronto —porque así nos lo asegura Él mismo —, nos permite vivir cada día como si fuera el último, con intensidad de enamorados. De modo que ya no amamos tanto la vida, como para temer el fin del mundo o la misma muerte. El Corazón de Jesús nos apremia a salir a su encuentro, venga como venga y cuando quiera venir. Y oír que ya viene —como nos anuncia la Iglesia en cada Adviento—, suena entonces melodioso y sabe dulce —sin importar los desgarros que suponga—; la certeza de su inminente llegada, —si es verdad que le esperamos—, hace rebosar de júbilo nuestro propio corazón.

Millones de personas en todo el mundo, esta noche vivirán una vigilia incomparable y repleta de esperanza. Son muchos los que se comen las uñas, preparados para celebrar algo grande. Es lógico: han sido muchos meses esperando, y por fin el día ha llegado.

Yo tampoco quiero perderme esta gran final de la Pascua, al lado de la cual cualquier final de otra cosa dista lo que el cielo de la tierra, lo que el oriente del ocaso. Hay días grandes, que se hacen aún más grandes, por la providencial oportunidad que Dios nos da de optar por Él, prefiriéndole sobre todas las cosas, incluso sobre las que más valoramos.

Nuestra mediocridad y miopía espiritual nos moverá a pensar que el Espíritu Santo viene siempre, que mañana también vendrá, en otra misa, o que -como en otros sitios- podríamos haber negociado, con la Tercera Persona de la Trinidad, si no podía derramarse sobre nosotros un poco antes o un poco después de que jueguen su partido los campeones de Europa. Pero me parece fabuloso poder optar entre el becerro de oro y el Dios que nos sacó de Egipto, en la noche en que conmemoramos la entrega de la Torah cumplida por Jesucristo y escrita en nuestros corazones.

El Evangelio hace feliz cuando se le vive sin reservas; el agua del Espíritu sacia el corazón del que -como la cierva- anhela las corrientes de agua por encima de cualquier otra pasión, amando a Dios sobre todas las cosas, y no sólo entre todas ellas.

El cristianismo no va de pecar o no pecar, efectivamente: no es un moralismo. Por eso, quienes esta noche prefieran ver fútbol, harán bien, y el que habita en el Cielo sonreirá desde su trono bendiciéndolos, porque a nuestro Dios le encanta que estemos contentos y seamos libres.

Pero ¡qué pasada vivirán quienes renuncien a toda idolatría y prefieran el cenáculo al televisor! ¡¿Cómo no les dará Dios el Espíritu Santo a los que se lo pidan, y manifiesten que nada necesitan más que a Él?! El Don de Dios, como es infinito, es como la Fuente: cada uno recibe como lleva el vaso. Y ese vaso que somos, se ensancha en proporción a nuestro deseo.

Esta noche yo deseo -por pura necesidad vital- que el Espíritu me dé un corazón nuevo, y tengo experiencia de que puede hacerlo; porque así lo hizo conmigo hace veintiséis años, un día como hoy, un día de Pentecostés. No es un mero recuerdo la liturgia; no es lo de siempre, no es lo de todos los años…: ¡Él va a venir, porque lo ha prometido Dios mismo! ¡¡Y no hay mayor desprecio que no hacer aprecio de un Don tan incomparable! (Si es verdad que no sólo recordamos, sino que en verdad sucede lo que vivieron los apóstoles con María hace dos milenios, ¿sería verosímil imaginar a los discípulos saliendo hoy del cenáculo para ver un partido?).

Por tanto: los hambrientos, vengan a hacer Pascua con nosotros; los necesitados, vengan a disfrutar de la Gran Final de la Pascua: pues para esto murió y resucitó Cristo, para hacernos libres de todo, para que vivamos sólo para Él, que es de quien nos viene la vida para siempre.

¡¡Envía tu Espíritu, Señor, libéranos de todo lo que no eres Tú, úngenos para la liga de campeones de la Historia, recrea nuestros corazones, y renueva la faz de la Tierra!!

Fdo.: Antonio, párroco de San José obrero
(un apasionado de las finales que duran para siempre)

Mensaje de Pascua 2017

“AL FIN, MI CORAZÓN INMACULADO TRIUNFARÁ”

La promesa que los niños de Fátima escucharon de labios de la Virgen del Rosario, hace ahora un siglo, aparece como la versión mariana de la victoria que Cristo nos ofrece a todos con la celebración anual de su Pascua.

La Virgen profetizó a aquellos niños muchos sufrimientos, les pidió incluso su generosa disponibilidad para los mismos, y -tras anunciarles grandes conflictos entre las naciones y dolorosas persecuciones a los cristianos-, les aseguró el refugio de su Corazón Inmaculado, la certeza de ir al Cielo -cada uno a su tiempo-, y un triunfo final que llenaría de sentido jubiloso la historia de la humanidad.

El éxito y la gloria final del Corazón de la Virgen Madre, es profecía del destino que Dios ha reservado definitivamente para la Madre Iglesia, y para todos sus hijos, los que creen -contra toda oscuridad- en la victoria de una Luz que ya no conocerá el ocaso.

“El trece de Mayo la Virgen María bajó de los Cielos a Cova de Iría”. El mes de las flores para la Virgen, que coincide casi siempre con el tiempo más festivo del año litúrgico, discurrirá -esta vez íntegramente- durante las fiestas pascuales. Deseo de corazón a todos los feligreses que comenzaremos este Mayo pascual con la fiesta de nuestro patrón, san José obrero, que podamos alegrarnos juntos y anunciar por las plazas, con el testimonio de nuestra propia vida, que Cristo ha resucitado, y que su victoria -hoy ya suya, y plenamente anticipada en María- asegura también la nuestra: al fin, incluso nuestro pobre corazón, derrotado tantas veces por el mundo, el Demonio y nuestra propia carne, finalmente será hecho inmaculado y, por pura gracia, y para siempre también triunfará.

Antonio Izquierdo
Párroco de San José obrero