Nuestro belén parroquial, además de por su belleza, es motivo de alegría este año porque ha recibido el tercer premio del XX Concurso de belenes de la Diócesis de Getafe.

¡Felicitamos en especial a nuestro belenista Alberto González por su trabajo y dedicación!

OCHO SIGLOS MIRANDO UN NIÑO

Decía san Ireneo, doctor de la Iglesia y obispo del s.II, que “la gloria de Dios es el hombre viviente, y la grandeza del hombre consiste en ver a Dios”. Durante siglos larguísimos, tuvimos prohibido imaginarlo, y hacerlo era idolatría. El Altísimo se había reservado su momento para dejarse ver, sin que nuestros ojos quedaran deslumbrados por su inefable Luz. Y sucedió hace dos mil años de la forma menos esperada: Dios era un Niño, y no daba miedo; era fácil de amar.

Era tan frágil e indefenso, que enseguida nos sentimos obligados a defenderlo. Pronto empezaron a decir que si en realidad no era Dios, o que si no era hombre, aunque así lo pareciese… Así que lo definimos: Luz de Luz —lo llamamos—, engendrado pero no creado; dijimos en griego que era “homousios”, “consubstancial” al Padre en el latín más castellano…; así dejábamos claro que ese Niño era el mismísimo Hijo de Dios, por quien todo fue hecho y sin el que nada existe. Muchos obispos, como san Nicolás —para los amigos, “Papá Noel”— lo firmaron en el año 325. Y de Nicea a Constantinopla se forjó la forma con que profesamos nuestra fe en Él, la misma que muchos defendieron con su vida, en pobreza y destierro y con heroica fidelidad.

Con la mejor intención, y porque se había hecho necesario, lo cierto es que lo envolvimos con algo más que pañales; y dejamos de mirarle como vino, así de pobre, tan aparentemente pequeño, que no parecía el gran Dios. Le rezábamos, sí, pero muy serios…; le pintábamos en el seno de su Madre como un rey —porque lo era— y lo tallábamos con toda su majestad en el regazo de la Virgen, reconociéndola como su bello trono.

Y entonces surgió aquel hombrecillo…: otro pobre como Él. Lo enamoró el mismo Dios para convertirlo en su propio icono. Y después de una vida hermosa, viviendo el evangelio sin glosa y calcando las huellas de Cristo, aquella Noche tan buena de 1223, hace ya ochocientos años, Francisco lo puso a la vista, y nos obligó a mirarle otra vez sin más, así de inerme y desnudo, entre animales y en el pesebre.

Ocho siglos llevamos haciendo belenes, nacimientos por doquier. Y volvemos a ser niños, capaces de ver a Dios y hablar, sin palabras, con Él. Basta sólo una mirada…, y Dios se vuelve Enmanuel. Es Jesús, es nuestro amigo. Para mirarle sin fin, tendremos la eternidad, pero —ocho siglos después de aquella idea genial—, seguimos mirándole Niño, y deseamos a todos

¡¡FELIZ NAVIDAD!!