Mensaje de Pascua 2017

“AL FIN, MI CORAZÓN INMACULADO TRIUNFARÁ”

La promesa que los niños de Fátima escucharon de labios de la Virgen del Rosario, hace ahora un siglo, aparece como la versión mariana de la victoria que Cristo nos ofrece a todos con la celebración anual de su Pascua.

La Virgen profetizó a aquellos niños muchos sufrimientos, les pidió incluso su generosa disponibilidad para los mismos, y -tras anunciarles grandes conflictos entre las naciones y dolorosas persecuciones a los cristianos-, les aseguró el refugio de su Corazón Inmaculado, la certeza de ir al Cielo -cada uno a su tiempo-, y un triunfo final que llenaría de sentido jubiloso la historia de la humanidad.

El éxito y la gloria final del Corazón de la Virgen Madre, es profecía del destino que Dios ha reservado definitivamente para la Madre Iglesia, y para todos sus hijos, los que creen -contra toda oscuridad- en la victoria de una Luz que ya no conocerá el ocaso.

“El trece de Mayo la Virgen María bajó de los Cielos a Cova de Iría”. El mes de las flores para la Virgen, que coincide casi siempre con el tiempo más festivo del año litúrgico, discurrirá -esta vez íntegramente- durante las fiestas pascuales. Deseo de corazón a todos los feligreses que comenzaremos este Mayo pascual con la fiesta de nuestro patrón, san José obrero, que podamos alegrarnos juntos y anunciar por las plazas, con el testimonio de nuestra propia vida, que Cristo ha resucitado, y que su victoria -hoy ya suya, y plenamente anticipada en María- asegura también la nuestra: al fin, incluso nuestro pobre corazón, derrotado tantas veces por el mundo, el Demonio y nuestra propia carne, finalmente será hecho inmaculado y, por pura gracia, y para siempre también triunfará.

Antonio Izquierdo
Párroco de San José obrero

“En Jerusalén, seréis consolados” (Is 66, 13).

        “Como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo; y en Jerusalén seréis consolados” (Is 66, 13). Con esta ternura, se expresa el Señor -por medio del profeta Isaías-, cuando anuncia un tiempo nuevo de consuelo y esperanza, al pueblo que regresa del destierro en Babilonia, y ha de acometer la ardua empresa de reconstruir -sin fuerzas ni medios- la ciudad derruida, las murallas derribadas, y ese Templo en que Dios pone su morada, y acoge cada año a quienes peregrinan para celebrar las fiestas de la fe.

        Cuando el calendario empieza ya a oler a primavera, con los últimos fríos del invierno, llega este año la santa Cuaresma a traernos la esperanza de recomenzar un tiempo nuevo, por la próxima Pascua. La Iglesia se prepara para peregrinar a la Fiesta de las fiestas, con la certeza de que “en Jerusalén”, la cruz de su Esposo y el sepulcro vacío la consolarán con ternura materna, renovando así mismo sus entrañas bautismales, que engendrarán nuevos hijos por el agua y el Espíritu Santo.

        Lo que sucedió en Jerusalén hace dos milenios, es el acontecimiento que funda nuestra fe cristiana. Celebrarlo cada año, no es una costumbre cultural, sino una necesidad vital. Es un consuelo permanente y una gran esperanza, celebrar el memorial de un Amor tan grande, que nos hace pasar de la muerte a la vida. No podemos mantener siempre la misma tensión en el amor, y la Cuaresma se nos ofrece como oportunidad -única en el año- para darlo todo. Durante cuarenta días, Dios se hace mendigo de nuestro ayuno, recogiendo la limosna que demos a los que nos necesitan y el tiempo que entreguemos a la oración, de forma que “en Jerusalén”, es decir, viviendo este misterio pascual, por la muerte a nuestra vida chata, podamos pasar a disfrutar del consuelo abundante de su vida divina.

        Es tiempo de éxodo: pasemos del caos al orden, de la idolatría a la fe, de la esclavitud a la libertad, por el desierto a la Promesa,… y recibiremos el consuelo de salir del exilio de nuestra tibieza, retomando aquel Amor primero que levante nuestro ser, del polvo que somos, al Cielo para el que fuimos hechos. Salgamos ya, pues: un gran consuelo nos aguarda “en Jerusalén”.

Antonio Izquierdo
Párroco de San José obrero