¿FRANCISCO VIVE?

Me refiero al santo de Asís, no al papa difunto que nos dejó hace un año. Pero la respuesta es la misma, aunque el otro muriera ocho siglos antes: No, Francisco no vive, están muertos los dos. Doy fe porque he visto la tumba de uno en la basílica romana de Santa María la Mayor, y hace poco también los huesos del otro, después de acercarme a venerar en la basílica de Asís la ostensión pública que, durante la cuaresma, se ha hecho de sus restos mortales, privilegio único en ochocientos años desde su sepultura.

Para inscribirse a tan singular ocasión y realizar la piadosa visita, los hermanos franciscanos prepararon estupendamente una página que se titulaba así, en afirmativo: “San Francisco vive”. Entiendo lo que quiere decir…, pero me resulta graciosa la paradoja. Más de dieciocho mil personas diarias durante un mes, la pasada cuaresma, han podido comprobar con sus propios ojos que san Francisco está muerto. Gracias a Dios, hace ocho siglos a nadie en la Iglesia le parecía bien incinerar el cuerpo insepulto de ningún difunto cristiano, y menos el de alguien que dejaba este mundo estigmatizado, con fama de santo y dos años antes de ser canonizado. (He dicho “incinerar” porque así lo llaman, pues, en realidad, la urna resultante de la cremación no ofrece cenizas propiamente dichas, sino el resultado de triturar sus huesos, que es prácticamente lo único que queda sin destruir después de volatilizar a altas temperaturas todo lo demás. Ciertamente resulta llamativo que consideremos tal práctica un trato digno para el cuerpo que la Iglesia, en su ritual de exequias, asperja con agua bendita e inciensa solemnemente, considerando que ha sido templo del Espíritu Santo y se ha alimentado con el Cuerpo y la Sangre de quien es la Resurrección y la Vida. No me extraña que durante siglos, y en realidad hasta hace no muchos años, estuviera prohibida la incineración en toda liturgia digna del nombre cristiano). Gracias a Dios, Francisco recibió cristiana sepultura, y hoy podemos seguir venerando esos mismos huesos que un día resucitarán.

Porque esta es nuestra fe, sí, la genuinamente cristiana. Cuando celebramos la Pascua, nuestra fiesta fundamental, no celebramos que Cristo vive como se sugiere que “vive” el santo de Asís, según el título de la página dispuesta para inscribirse a la visita de sus restos mortales. Francisco está muerto, lo que no significa que haya dejado de existir: la Iglesia lo celebra como santo y si es mi mejor amigo del cielo es porque su alma salió de este mundo para unirse al Amor de su vida y entrar en la gloria que mereció su radical y jubiloso seguimiento de Cristo. La muerte es la trágica separación del alma y el cuerpo, causada por el pecado contra la voluntad primigenia de Dios; no es el fin de la existencia del hombre, cuyo espíritu por definición es inmortal y no puede corromperse. Pero lo que nos hace estar de fiesta, de forma solemne y florida cada año es que Cristo sí está vivo. Vivo de verdad, con su carne glorificada para siempre, con sus llagas gloriosas sin cirugía estética. Su sepulcro apareció vacío en la mañana de aquel “día del Sol” (Sunday, Sonntag…) —las lenguas que no provienen del griego o del latín cristiano conservan su nombre caducado— y así el primer día de la semana desplazó en importancia al Sabath, y comenzó a llamarse Dominicus dies, el día del Señor. Los discípulos comieron y bebieron con él, lo vieron con sus ojos y lo palparon con sus manos. Desde entonces, la muerte fue tan derrotada que se convirtió incluso en una “hermana” —como la llamaba el santo medieval, cuyo octavo centenario estamos celebrando. “Bienvenida seas, hermana Muerte” —le dijo aquel 3 de octubre de 1226. Y dice su biógrafo que la recibió cantando (cf. II Cel 214). Esto sólo es posible porque Cristo ha resucitado, lo que garantiza que esos huesos de san Francisco también resucitarán en el último día. Más aún: si podemos pedir la intercesión de san Francisco, muerto y todo como está, es porque su alma se halla en comunión con Cristo glorioso, ante cuya presencia puede alcanzarnos innumerables gracias. Yo le pido, por ejemplo, que a la Iglesia del siglo XXI, que también necesita ser reparada, nos alcance de lo alto la verdadera fe en la vida eterna, el maravilloso realismo que profesamos en el credo cuando afirmamos esperar la resurrección de la carne, y que así podamos alabar al Omnipotente, Altísimo y bondadoso Señor sin suponer que lo que vive de Jesús es sólo su espíritu, o —peor aún— su “causa”, su “mensaje” o sus “valores evangélicos”…

Desde luego, Francisco “vive”… y hasta podría decir que está “más vivo que yo”, pues yo aún tengo que aprender a morir como él con Cristo, para entrar en la Vida con mayúscula de su mismo Cielo. En eso, como en muchas otras cosas, me lleva ocho siglos de ventaja. Por la misericordia de Dios, espero poder cantar un día junto a él ese “Laudato si” que no me suene a ecología barata, porque él prefirió el Amor de Cristo resucitado a todas las criaturas. ¡Y qué alegría da saber que Cristo vive de verdad y para siempre! Espero, por su gracia, volver un día a ver los huesos de san Francisco, pero esta vez con carne y todo, y cantar aleluya junto a él, por toda la eternidad! ¡¡FELIZ PASCUA!!

SEMANA SANTA 2026

29-III. Domingo de Ramos en la Pasión del Señor
Misas: 9h (Doble) – 12h – 19:30h

31-III. Martes Santo
12h. Misa crismal (catedral — 12h)
20:15h.Catequesis para el Triduo Pascual (última de Cuaresma)

2-IV. Jueves Santo
10h. Laudes. Recepción de los santos óleos
18h. Misa en la Cena del Señor
22h. Hora santa

3-IV. Viernes Santo
10h. Laudes
11h. Via Crucis
18h. Celebración de la Pasión y Muerte de Cristo

4-IV. Sábado Santo
10h. Laudes. Ritos prebautismales
18h. Vísperas. Apertura de la fuente bautismal
22h. GRAN VIGILIA PASCUAL

5-IV. DOMINGO DE PASCUA
Misas: 12h – 19:30h
Clausura solemne del Triduo Pascual, a las 20:30h (Vísperas bautismales)

Como cada año la operación ramos es una parte importante del inicio de la Semana Santa ¡Gracias por vuestro servicio!

 

TAU DE CENIZA

 

“Penitencia” es la palabra clave que inaugura el testamento espiritual de san Francisco y que permite entender todo su movimiento. De hecho, “penitentes de Asís” se llamaban a sí mismos los primeros que se le unieron, convirtiéndose en el embrión de toda la prolífica familia franciscana.

Cuando en 1215, el anciano papa Inocencio III inauguró el importante concilio IV de Letrán, echó mano de una palabra potente del profeta Ezequiel, que aparece también en el Apocalipsis:

“El Señor le dijo: ‘Pasa por medio de la ciudad, y marca una tau en la frente de los hombres que suspiran y lloran por todas las abominaciones que allí se realizan” (Ez 9, 4). Se dice que Francisco estaba entre la multitud, pero —si no fue así— lo que es indudable es que le llegó el eco de aquella palabra profética escogida por el Pontífice, y que la hizo suya. Desde aquel día, comenzó a predicar la conversión, aún con mayor intensidad, marcando la frente de quienes se le acercaban con el signo de la tau, que no es sino la letra griega equivalente a la “t” latina, signo fácilmente identificable con el que todos los catecismos llaman “señal del cristiano”: la santa cruz. La tau se convirtió así en el sello de la predicación del penitente de Asís, que llamaba a todos a convertirse y a creer en el Evangelio, gritando con lágrimas en los ojos: “el Amor no es amado”, mientras él era el primero en hacer penitencia por amor al Crucificado.

“Ve y repara mi casa, que está en ruinas” —había escuchado Francisco que le decía aquel Cristo bizantino de la ruinosa ermita de san Damián. Con la simplicidad con que acogía siempre las palabras de Cristo, sin perderse en interpretaciones personales, el burgués hijo de Bernardone se despojó de todo y comenzó un camino de reparación material que lo llevaría a comprender su verdadera vocación eclesial: convertirse en aquel hombrecillo capaz de sostener sobre sus hombros escuálidos la basílica de Letrán, que —según el sueño del propio papa Inocencio— amenazaba con venirse abajo. Francisco empezó la reparación por sí mismo, y configuró su alma con la tau hasta tal punto que su cuerpo, traspasado de amor, llegó a hacerse semejante al del Amado. Convertido así en Evangelio viviente, la Iglesia entera recibió en su pequeña persona el regalo inmenso de reparación y renovación, que el Papa quiso impulsar en aquel concilio lateranense del que emanaron los que llamamos “mandamientos de la Iglesia”, tales como confesar los pecados graves al menos una vez al año y comulgar por Pascua de Resurrección.

Los nefastos hechos de crónica reciente nos han recordado que los trenes descarrilan y hasta muere gente cuando —por una negligencia que podría estimarse criminal— las infraestructuras del Estado se descuidan, malgastando los recursos ingentes que los abultados impuestos ofrecen a quienes tienen la misión de gestionar un país. Las naciones de antigua cristiandad descarrilan también, y la Iglesia se fragmenta en dolorosos cismas —tradicionalistas o sinodales desnortados— cuando la tau ha dejado de ser la señal de los predicadores, y la reforma que unos u otros pretenden promover no comienza por la propia vida, en la obediencia al Vicario de Cristo, garante de la unidad. Del mismo modo, nuestras parroquias y comunidades descarrilan cuando marcamos a los demás con nuestros juicios particulares, en lugar de llorar debidamente nuestros propios pecados y emprender el camino de la verdadera penitencia.

No malgastemos más tiempo ni recursos, reparemos de verdad las infraestructuras espirituales básicas. Convirtámonos al poder paradójico y regenerador de la Cruz por medio del ayuno penitencial, la oración que escucha la Palabra y la limosna movida por la caridad ardiente. Vayamos a reparar la casa de Dios —su Iglesia—, empezando por nuestra propia vida. Que todo eso signifique, en este año jubilar franciscano, la marca que deja sobre nuestra frente, al inicio de la Cuaresma, una tau de ceniza.